A veces cae en tus manos un libro-tesoro, que es uno de esos libros, cada vez más raros, en los que casi en cada página hay una cita, una idea, una invitación a reflexionar, algo sobre lo que pensar, una historia que te reconforta, algo que te atrapa por su belleza. Uno de esos libros es El hilo infinito, de Paolo Rumiz, del que hablé en esta otra entrada.

Y así, en el capítulo dedicado a la abadía de Sankt Ottilien, en Baviera, el autor conversa con el abad de entonces, Notker Wolf, fallecido en abril de 2024, quien fuera el 9º Abad Primado de la Orden de San Benito. Este monje fue músico, intérprete de flauta traversera y guitarra eléctrica, con la que llegó a actuar en algún concierto de rock, así como autor de diferentes libros de espiritualidad. Pues bien, el señor abad, en la conversación, en un momento dado habla de su idea de eternidad y dice lo siguiente:
Los benedictinos no pensamos demasiado en lo eterno en el sentido horizontal de la duración. Yo solo me imagino el instante en el que me sentaré a la mesa nupcial.
Notker Wolf, en El hilo infinito
La sabiduría de este hombre me hace detener la lectura para meditar en su significado.
El común de los mortales, y más en este tiempo de la dictadura del consumismo, categorizamos las cosas según el valor que tengan, bien sea monetario, o, como en este caso, temporal. Según lo que cueste, o lo que dure, tendrá más o menos utilidad para nosotros. Por eso, por ejemplo, las vidas de la mayoría de las personas están tan alejadas de la poesía… ¡Cuántas veces recuerdo a Nuncio Ordine!
La eternidad, es obvio, no se puede medir en el tiempo y los monjes nos dan la clave para poder vivir más felices: vivir el instante, gozar del momento presente. Esto es lo que le ocurrió al bueno de San Virila, abad de Leyre, que salió un día a pasear y escuchando un pájaro cantar se quedó embelesado, y al volver al monasterio resulta que habían pasado 300 años. Porque eso es la eternidad, disfrutar plenamente del instante, tanto, que “pueden pasar 300 años sin que nos demos cuenta”.
Y la segunda parte de la frase, para quienes creemos en el banquete del Novio, es también magnífica. No se trata de pensar en el no-tiempo de la eternidad, sino en el instante de esa eternidad en que nos sentaremos junto al resto de invitados en la mesa del banquete nupcial.
Porque, bien pensado, la eternidad no es más que el instante vivido de manera gozosa. Una buena enseñanza para la vida.
Así sea.



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