el peluquero cantor

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Como muchas mañanas, antes de la cita para cortarme el pelo, de pie en la barra de la taberna que nos sirve los cafés matinales, nos hemos reído con la conversación entre algunos clientes y el tabernero, que a esa hora lo mismo te cuenta un chiste, que te mete una puya. Y a nosotros, esto, como en cualquier familia, que de un modo u otro la somos, nos hace mucha gracia. Y nos reímos. Las familias de bar son como las de verdad, incluso, a veces, hay más relación que con la natural.

Y tras el café, a la peluquería, que era para lo que habíamos quedado. Una peluquería que siempre está llena de chavales que se cortan el pelo y maquean una vez por semana, o como mucho una vez cada diez días. Pero a esa hora temprana estábamos solos el peluquero y yo. Él es un africano de Guinea que lleva muchos años con su familia en esta pequeña ciudad. Fue hace 5 o 6 años, creo, en ese tiempo indefinido en mi memoria que es el de la pandemia, cuando entré por primera vez a su peluquería. Recuerdo que en aquella ocasión me preguntó qué música me apetecía escuchar mientras me cortaba el pelo, qué música me gusta. Y yo le dije que sobre todo escucho música clásica, Bach y así, a veces algo de jazz, que me gusta Bruce, pero que me adapto. Y entonces me puso una música de piano que, según me dijo, se la solía poner para comenzar el día. Sonaba bien. Creo que incluso le pedí el nombre del pianista, que resultó ser también el compositor.

Esta vez, mientras me colocaba el enorme babero con que nos visten en las peluquerías para que el pelo cortado no caiga sobre nosotros, me dijo que me iba a poner algo que seguro me gustaba. Puso su móvil frente a mí, con la letra de la canción expuesta, y mientras comenzaba a dar vueltas alrededor de mi cabeza, comenzaron a sonar las primeras notas. No reconocí el comienzo, pero entonces él comenzó a cantar, llevaba un rato haciéndolo, en realidad, la parte más conocida, y me uní al peluquero cantor… «mujer, si puedes tú con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar…».

«Oye, lo haces bastante bien, ¿eh? Cantas bien», me dijo. – «Tú también. Tienes una voz bonita», le dije. Y tiene una voz bonita, grave, como esas voces que suelen tener los africanos, pero me sorprendió el tono agudo. – «Sí, me sale bien. Puedo poner la voz que quiera», porque en ese momento cantaba un elegante falsete. Me gustó su franqueza, pero es que a mí me gustan las personas que no tienen complejos para reconocer lo que hacen bien. Y seguimos cantando, a las 9 de la mañana de un martes, con la puerta abierta de la peluquería, mientras quienes pasaban por delante miraban con curiosidad hacia adentro para ver a un señor con el pelo blanco y a un chaval de 20 años negro cantando a dúo un bolero. La versión era del divino ciego, Andrea Bocelli, y yo le hablé de un trío que en la época de mis padres y mis tíos eran los números uno, Los Panchos, pero él no los conocía. Es la diferencia de edad, imagino. Y le hablé también de otro negro que cantaba esta canción con acento norteamericano, Nat King Cole, y la puso un momento y le hizo mucha gracia la pronunciación.

Y de Perfidia, pasamos a un Quizás, quizás, quizás, otra vez con el ciego italiano, esta vez acompañado por Jennifer López. Y seguimos cantando, y le dije que se pensara en poner una «pelu-karaoke», que podría hacerse famoso con lo bien que cantaba. – «Cuatro vídeos cantando con tus clientes, chavales y señores, y te conviertes en estrella». Y entonces me dice, así, riéndose y de forma natural – «Qué va, yo no quiero hacerme famoso, yo quiero se un peluquero que, a veces, porque me apetece, canto con algún cliente… Pero eso sí, tiene que cantar medianamente bien». Y qué quieres que te diga, el moreno ahí se ganó mi respeto para siempre. Un chaval que en este tiempo dice sonriendo que lo que él quiere no es ser famoso, sino trabajar en su pequeña peluquería con la posibilidad de cantar de vez en cuando con un cliente, me tiene ganado.

Y tras los últimos retoques apurando con la navaja en la nuca, me quitó el babero, lo sacudió, esperó el billete y se despidió con un –«Hasta la próxima… a ver cuál cantamos ese día. Habrá que pensarlo». Y salí a la mañana luminosa, con una brisa todavía refrescante, agradecido por ese momento dichoso que se me había regalado.

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