Hirayama va por la vida mirando a donde nadie más mira. Mientras el mundo mira hacia abajo, más concretamente hacia su ombligo, el protagonista de Perfect Days viven mirando hacia arriba. Espera tranquilamente a que un usuario termine sus quehaceres en el baño público para poder seguir limpiando y mientras tanto se fija en las sobras de las ramas de un árbol cercano que se proyectan en la pared del servicio de diseño de Tokio y se vuelve a observar las hojas y ramas a través del sol. Sonríe. Al mediodía se sienta en un parque de la ciudad y antes de comer el sandwich mira hacia arriba, hacia la madeja de ramas en las copas de los árboles, observa, contempla, y entonces saca una cámara de fotos analógica de su b bolsa y dispara una fotografía a las hojas con sus luces y sombras. Sonríe. Por la tarde, después de trabajar, se cambia de ropa en casa, coge la bicicleta y se va a cenar a una taberna de los subterráneos del metro. Mientras pedalea, mira hacia arriba de vez en cuando, contempla la vida más allá de sus pies, de su ombligo, de su ser. Es consciente de que hay mucho más allá de sí mismo. Sonríe.

Como todos los años desde hace ya casi una década, la última semana de vacaciones me fui unos días al monasterio de Leyre, esa abadía milenaria en la que vive y acoge una comunidad de monjes benedictinos. El plan, más o menos es siempre el mismo. Participar de manera plena en la rutina del monasterio, que no es sino una repetición ordenada del día a día, que da sentido a la vida, que calma y serena, que te saca de ti mismo y te empuja a mirar más allá. Como Hirayama. Los salmos cantados en latín mediante el canto llano, eso que llamamos gregoriano, con esa forma de dos coros, con las reverencias hacia el suelo, con humildad, abajándose uno mismo cuando se nombra al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. La escucha del texto bíblico, la procesión natural hacia el refectorio, donde en completo silencio -miento- donde en casi silencio, con un lector leyendo un libro, comemos y agradecemos los dones recibidos. La siesta con la ventana abierta, escuchando al viento jugar entre los árboles, los paseos en silencio, las lecturas bajo un tilo, los atardeceres con un sol en ocaso tiñendo el cielo de rosa intenso, un rosa flamenco, como pintado.

La lectura escogida para este año fue Árbol, de Aya Kōda. Este libro es uno de los que Hirayama lee durante la película. El protagonista, cada semana, se acerca a una librería de viejo, donde compra un libro de bolsillo usado, a un precio irrisorio y comenta la lectura con la señora de la librería. Pues bien, este libro fue traducido al castellano por Keiko Takahashi y Jordi Fibla y publicado por la editorial Lumen. En él, la autora japonesa nacida en 1904 relata, a través de diferentes artículos, su forma de mirar los árboles, una relación de amor que nació en la niñez, cuando su padre les regalaba a ella y sus hermanos árboles para que los plantasen y los cuidasen. Nos habla de cerezos, glicinas, cipreses, pinos, cedros de más de siete mil años (el Jōmonsugi) y nos transmite, desde estas contemplaciones la singularidad de cada ejemplar, la historia de cada uno de ellos, uniéndolo a la belleza, a veces escondida, la pérdida, la fugacidad o el ciclo de vida y muerte. Belleza, pérdida, fugacidad, que es los elementos de nuestra propia vida. La señora Kōda nos invita a mirar la vida a través de los árboles y esto, es inevitable, cambia profundamente nuestra mirada.

Es septiembre, y a través de la ventana veo las hojas de un frondoso castaño algo dañado por este cruel verano abrasador. Las puntas de las ramas más altas empiezan a clarear, algunas hojas van amarilleando y en mi interior rezo para que el agua de vida se derrame sobre este ejemplar y sus hermanos que conviven en esta calle de la vieja ciudad a los pies del Pirineo. Ese agua, el día que riegue nuestra existencia llenándonos de felicidad, regará a este castaño maltratado y a nuestras propias vidas que necesitan ser refrescadas y nutridas.

Así sea. Mientras tanto, cada mañana, saludo con una sonrisa al aligustre japonés (ligustrum japionicum) plantado a la puerta de casa y que en este libro de amor por los árboles he descubierto que se llama nezumimochi. Y tras saludar al árbol, camino tranquilamente mirando hacia arriba, asombrado de la vida risueña que está más allá de mi ombligo.

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