maravilloso comienzo

-Sé bienvenido a nuestra casa -dijo-; cuando hayas compartido nuestra comida, dinos a qué has venido.

Telémaco a Mentes, que en realidad es la diosa Atenea, en el Canto I de la Odisea, de Homero.

Los dioses andan algo disgustados porque Odiseo (Ulises), después de pasar diez años en la guerra troyana, es el único héroe de aquella contienda que no ha regresado a su hogar. En Ítaca Penélope contiene a duras penas a los pretendientes que día a día dilapidan la hacienda, mientras Telémaco, el hijo, ya ha pasado de niño a joven y busca la forma de proteger a su madre y a Ítaca. Atenea, diosa protectora de Odiseo, hace su entrada y se dispone a hacer todo lo posible para propiciar el regreso del héroe griego.

Llega un desconocido, alguien a quien no se conoce, como a tantos hombres que han ido pasando por la casa y lo primero que se hace es darle la bienvenida, es decir, deseándole que su llegada sea buena, sea propicia, para quien llega y para quien recibe. Es una hospitalidad sincera, real, sin segundas intenciones. Y quien es bienvenido lo hace en el hogar de otro, que es hogar abierto, hogar que acoge y recibe, hogar que celebra el encuentro. Y en este caso, las condiciones del hogar, tras veinte años desde que Odiseo se fue, no son las mejores. Pero no importa. El hogar siempre acoge, siempre recibe, siempre abraza.

Y come, comparte nuestra mesa, disfruta de nuestra comida, de nuestros productos, de nuestro vino, que en realidad es nuestro, pero es tuyo. Y sáciate. Y cuando termines, solo entonces, cuando tu hambre desaparezca, cuando tus necesidades primarias sean atendidas, solo entonces dime a qué has venido, cuéntame tu historia.

Una sirvienta les llevó entonces agua en una preciosa jarra dorada, que vertió en una jofaina de plata para que se lavasen las manos, y puso una mesa a su lado. Otra sirvienta de mayor rango les llevó pan y les ofreció muchas cosas que había en la casa, el trinchante les sirvió platos con toda clase de carnes y dejó copas de oro a su lado, y un criado les llevó vino y se lo escanció.

Llega, un desconocido que es como tu, se le recibe, sin preguntar nada, porque es la función del hogar, acoger, no solo a parientes, sino a toda la familia humana, y se le da de comer, de beber, se le lava, se le atiende. Se le atiende como a otro de casa, a otro de la familia. De la misma manera, con lo mejor que se tiene. Se le ofrece aseo, descanso, quitarse el polvo del camino, limpiar las heridas, y entonces se le ofrece pan, un pan recién horneado, el pan de la casa, un pan que -no puede ser de otra manera- se comparte, y se le ofrecen muchas cosas que hay en la casa, comida, alojamiento, descanso, música, conversación y toda clase de carnes, y vino, un vino de la tierra, que calienta, que hace brotar la amistad y la ensoñación.

Y después, oh milagro, se le escucha, se le conoce y te reconoces.

Maravilloso. ¿Acaso es tan difícil? Quienes hemos sido así acogidos, sabemos que es posible. Así somo los seres humanos. Así lo muestra este poema de hace 3000 años.

¡Qué bien haría este breve pasaje en las escuelas, en las empresas, en los estadios, en las iglesias, en los hemiciclos!

Gracias, Homero.

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