el sabor de la fresa

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image by Binil Benjamin

La plaza, el mercado, tiene un ambiente puro, verdadero, original, un día entre semana a las nueve de la mañana. Los puestos ultiman los expositores, los primeros clientes se acercan, la conversación con la tendera es más sosegada y te cuenta que la gente compra poco, que este mes solo se compran espárragos y que no entiende lo que come la gente. La gente come ensaladas que han limpiado en una nave de algún polígono, que le han dado brillo con algún veneno, para que nos entren por los ojos y nos embote el cerebro. Ensaladas que primero hay que sacarlas de ese plástico que todo lo envuelve y protege de nuestro propio contacto, porque son ensaladas de mentira, ensaladas que se marchitan a la hora de quitarles esa protección. Me compro unas fresas para almorzar y dejo a Raquel limpiando los últimos cardos de la temporada. Subiendo la Mañueta, esa calle que todavía guarda el sabor del comercio de toda la vida, cojo la primera fresa de la bolsa de papel, la miro, me deleito en ella, ¿Hay alguna fruta más bella que la fresa? Del tamaño apropiado para sostenerla en la mano, delicada incluso con sus diminutas pepitas externas, con ese color intenso que va diluyéndose al llegar al tallo. La huelo, cierro los ojos aprovechando una parada, y su aroma llega hasta el fondo de mi ser, un aroma exquisito pese al coche que atraviesa Mercaderes en esos momentos y le meto el primer bocado que provoca que mi lengua salibe. La primera acidez se funde con la dulzura de su jugo. Intento no tragarla inmediatamente y respiro con la fresa en la boca. El aroma y el gusto se mezclan en mi boca, vuelvo a salibar e inevitablemente la paso a la garganta. Me meto el resto de la fresa en la boca y repito la operación. Los labios quedan manchados con la pulpa de esa fresa de primavera, me paso la mano por ellos y una pincelada rojiza aparece cerca del dedo índice. El sol no ha hecho acto de presencia hoy, pero esta fresa, mientras atravieso la Plaza del Ayuntamiento, ha iluminado un momento mágico. Es el sabor de una fresa. El resto aguardan en la bolsa hasta la hora del pintxo. Vuelvo a salibar. Me meto en el ordenador.

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