una contemplación

Esta semana pasada, cada día al anochecer, en ese tiempo que prologa el descanso, tomaba un libro, un diario en este caso, e iba pasando las hojas de aquel calendario que ya concluyó, maravillado con la capacidad de contemplar que un hombre, con la vejez marcando su cuerpo cada día, dejaba moverse en libertad todas las mañanas en el estanque londinense de Hampstead Heath.

Al Alvarez en el estanque

El libro, En el estanque. Diario de un nadador, de Al Alvarez, lo descubrí un mediodía en las estanterías de Walden. Siempre me ha gustado la escritura de otros en sus diarios, o la correspondencia que intercambiaban, también las memorias, aunque no tanto como los diarios. Los diarios, más allá de la previsible edición, e incluso censura, antes de su publicación, son escrituras reales, el desarrollo de vidas y pensamientos en un momento concreto del tiempo, en un lugar -varios-, en unas circunstancias internas y externas… Es como los apuntes en bruto de la historia que luego se estudia y analiza desde diferentes puntos de vista. Es un trozo de vida de alguien que ha quedado recogido para siempre. En mi caso suelo escribir, de manera desordenada, un cuaderno con ideas, apuntes de lecturas, reflexiones en un mundo en el que cada vez pensamos menos. Es como una llamada de atención para pararme de cuando en cuando, para mirar a propósito y escuchar con curiosidad, para, en definitiva, intentar ser siempre yo mismo.

Al Alvarez, sin acento en la A, fue un escritor de ensayos, escalador y en el tiempo del diario, de 2002 a 2011, un hombre que iba adentrándose sin remedio en una vejez que no siempre comprendió, y nunca aceptó. Desde los 11 años nadaba en ese estanque de la capital inglesa, hiciese frío o calor (prefería el frío), lloviese o hiciese sol, nevase o helase. Era su medicina diaria, su tónico que le revitalizaba y le impulsaba a seguir viviendo. Pero sobre todo era el momento, no sé si consciente o no, de contemplar la vida, lo que le rodeaba en ese momento: las diferentes aves del estanque, los árboles y vegetaciones, las personas asiduas o no. Y esa contemplación le ayudó a vivir de otra manera, a pesar del avance del tiempo.

El libro tiene dos partes claramente diferenciadas. La primera, de los dos o tres primeros años del diario, es de una escritura asidua, con detalles del estanque, principalmente, el paso de las estaciones en él. Y la segunda parte es la que recorre los últimos años del diario, con entradas más esporádicas, más sueltas, con sus enfermedades, el dichoso dolor del tobillo y la vejez cada vez más insolente como protagonista. En estas últimas anotaciones el bueno de Al no esconde su desazón y desesperanza por esa vejez que ya es un hecho y que, lejos de lo que había imaginado, le impide vivir como hubiese querido seguir viviendo.

No hay muchas citas literarias, alguna a Silvia Plath, aunque sí bastantes referencias a amistades, entre otras el pianista Alfred Brendel, y sobre todo a personas que eran sus amigas en ese estanque que le dio la posibilidad de contemplar la vida.

Tengo que perfeccionar mi estilo de natación…

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