Hace más de veinte años, en un viaje que hice a Viena con el coro en donde entonces cantaba, una de las cosas que más poderosamente me llamó la atención fue que las iglesias de la ciudad imperial estaban siempre abiertas de par en par para la actividad musical, fuese esta música religiosa o no. En aquel diciembre frío y prenavideño, las iglesias, con sus bancos con calefacción propia, ofrecían un refugio para el viajero cansado y para el propio arte. Asistí a ensayos de pianistas, cantantes de ópera, coros de música antigua y grupos de cámara que, con entrada libre, practicaban antes de sus conciertos. Pero aquello era Viena, hace más de veinte años, y esto es Iruñea, hoy mismo…
Con la cantidad de iglesias, conventos, capillas y ermitas por metro cuadrado que tiene nuestra vieja ciudad, no entiendo cómo no se abren a actividades artísticas y musicales como ocurre en cualquier otra parte del mundo. Aquí el Arzobispado, hace ya años, decidió que las iglesias solo iban a cobijar sus servicios religiosos y conciertos exclusivamente organizados por la iglesia. Hasta tal punto llega esta actitud que, incluso, ha denegado la iglesia de Aibar para un concierto en homenaje a Nerea Aldunate, directora de la coral Aritza del mismo pueblo y fallecida en abril. Lo lamentable de esta negativa, en particular, es que según el Arzobispado el repertorio no encaja en la iglesia y les da lo mismo la relación de Nerea y su familia con la propia iglesia. No puedo entender esta cerrazón.
Soy de los que opino que el Arzobispado y la propia Iglesia tiene que ser parte activa en la ciudad y en la sociedad, y una de las maneras, amén de muchas otras que ya se hacen, es abrir los templos para su utilización, aportando esos espacios al bien común. En muchos lugares es solo la iglesia del pueblo el único recinto adecuado para actividades artísticas dirigidas a un grupo grande de personas. Seguramente ese gesto sería muy bien visto por la sociedad y mejoraría, indudablemente, la propia imagen de una Iglesia que, por muchas causas, ve cómo sus templos se van quedando vacíos de feligreses y practicantes. La coherencia en vivir lo que se predica sería un buen antídoto para esa cuestión, y ceder esos maravillosos espacios a este tipo de eventos, también. Y ejemplos de ello existen en la propia catedral de la ciudad que cede y alquila espacios de la misma para eventos privados que nada tienen que ver con el mensaje cristiano.





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