Bellísima es la historia que cuenta, de una mujer especial, autónoma, también esposa y madre, con un sexto sentido para la vida. Bellísima es la escritura de la autora, Maggie O’Farrell, norirlandesa con varios títulos escritos y publicados, con una capacidad para la descripción asombrosa y dulce. Bellísima es la traducción de Concha Cardeñoso, que es parte indispensable para que esta novela prodigiosa me haya parecido tal. Bellísima es la sensación de agradecimiento que se te queda tras su lectura. Necesitamos lecturas que nos abran a la posibilidad de contemplar la belleza, por mucho que algunos, siempre señoros, critiquen el hecho, el maravilloso riesgo, de acabar llorando en algún momento de la lectura. Este mundo sería diferente si nos atreviésemos a llorar algo más.

Hamnet, es la octava novela de su autora, y posiblemente la más conocida, por varios motivos, uno, desde luego, su relación con William Shakespeare, y el otro, el principal en estos tiempos de imagen, su versión cinematográfica, tan exitosa en taquilla y premios. La historia que cuenta es la de una mujer, Agnes, especial en su manera de vivir y entender la existencia, a veces poco o nada comprendida en su sociedad, que se enamora y casa con un chaval del pueblo, preceptor de latín de sus hermanastros, con quien vive un matrimonio peculiar y puesto a prueba. El marido es William Shakespeare, aunque su nombre no aparece ni una sola vez en la novela. Y paralela a esta historia, cuenta la historia del hijo malogrado, Hamnet, que ya desde las primeras páginas se nos advierte que va a morir. Las historias se van alternando en la escritura prodigiosa de O´Farrell, desde la niñez de Agnes, a la familia del marido, pasando por los días previos a la muerte del hijo.



Decía al principio de esta entrada que la escritura de Maggie O’Farrell me parece bellísima. Su capacidad de describir lugares, el tiempo y los personajes, tanto física como psíquica y emocionalmente, es impresionante. Ha habido momentos en que escuchaba el chillido de una cernícala sobre las cabezas de una pareja, el aroma de las manzanas recién dispuestas para su almacenamiento, el sonido de una sábana convertida en sudario, el olor inconfundible de un hogar limpio y encerado, la fragancia de hierbas secas en los arcones donde se guarda la ropa, el eco del dolor de una madre abrazada al cadáver de su hijo recién muerto, el silencio de una escena de teatro, cuando el mundo se detiene para que el joven príncipe diga sus últimas palabras, o el sabor del salitre del mar que acoge en su tumba el cuerpo de un marinero. Y es esa escritura en estado de gracia la que me lleva a emocionarme sin remedio en su lectura, sonriendo con los juegos de los niños por la casa, llorando sin consuelo ante la muerte injusta y los preparativos crueles del cortejo fúnebre de un niño de once años, que me recuerdan las fotografías actuales de otros niños amortajados. Y al volver la última página, en esa sensación que John Koenig llama hoja triste, he acariciado con gratitud este libro que ha sido una bendición.
Y bellísima es la traducción de Concha Cardeñoso, sin cuyo saber no hubiera sido posible trasladar la hermosura que encierra la escritura de la norirlandesa. Ha captado y trasladado de manera fabulosa la poesía de esta trágica y dulce historia.
Decía Ítalo Calvino que los clásicos son esas obras que perduran en su lectura y sobre todo en sus relecturas. Eso es lo que creo ha hecho la autora con Hamlet. Una relectura íntima de la historia del joven príncipe que en esta obra no es Hamlet, sino Hamnet.
La película no la he visto todavía. Creo que la veré. Y espero poder hacerlo con unas amigas que también han leído y disfrutado la lectura de Hamnet. Porque ya que voy a llorar, porque voy a llorar seguro, quiero compartir el llanto con quien pueda comprenderlo.
Mientras tanto, releo algunos pasajes del Hamlet shakespeariano, mientras escucho una y otra vez, la preciosa banda sonora firmada por uno de los grandes, Max Richter, que otra vez ha conseguido hacer real la magia de una historia.
«Buenas noches tengáis, oh dulce príncipe,
y que vuelos de ángeles te acompañen cantando
a tu final descanso».
William Shakespeare



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