En este año que enfila hacia su conclusión, cegados como estamos por las luces de la locura consumista, entre empujones de gente corriendo cargada de bolsas y paquetes, es necesario pararse y repasar lo que ha sido el año, las bendiciones recibidas, los asombros a los que nos hemos abierto, las heridas curadas y acompañadas, las caricias regaladas y también las no ofrecidas, los tropezones, cabezonerías y egos varios, las escuchas diversas, las danzas bailadas y, claro está, las lecturas disfrutadas. Es bueno hacerlo con tiempo suficiente. Es más, es algo que se puede hacer, en diferente intensidad, al final de cada día con un único objetivo: agradecer.

Y en este repaso aparece, sí o sí, un libro que me emocionó: El día que Nils Vik murió, de Frode Grytten, publicado por Anagrama. Y el caso es que es de esos libros que llegaron sin previo aviso, casi sin querer, porque no había oído nada de él ni lo había visto en catálogo hasta que llegó a la librería. Lo miré, me hizo un guiño, me acerqué, leí su título, lo ojeé y decidí darle una oportunidad. Esa noche comencé su lectura y en día y medio estaba acariciando su portada, agradecido, tras terminar de leerlo. Una auténtica preciosidad.
Vamos allá. El señor Vik, de nombre Nils, es un viudo jubilado que vive en un pueblito de los fiordos noruegos y que lleva la vida rutinaria de un hombre solo, con la vejez avanzando, abierto a la vida plena que le ofrece el día a día. Porque aquí está la cuestión, en la plenitud que se alcanza viviendo una rutina aparentemente insulsa, sin grandes hitos. La novela cuenta el último día de vida de este hombre que durante buena parte de su existencia se dedicó a pilotar un transbordador por los fiordos, arriba y abajo, parando en cada pueblo, llevando y trayendo a personas con sus propias vidas, con sus ilusiones y problemas. Y en ese último día, Nils va recordando a todas esas personas que ya están muertas, que una vez transportó por las frías y cristalinas aguas nórdicas. Y esas personas le cuentan aquellas veces en que embarcaron en el viejo ferry y él les llevaba con profesionalidad, sin muchas palabras, esa es la verdad, pero con el calor del trabajo bien hecho. Y le cuentan qué representó en sus vidas esos viajes en el transbordador, con el señor Vik al mando y su perrita en la cabina. Y todas se refieren a lo mismo, al agradecimiento por aquellos días rutinarios que marcaron y ayudaron, de una u otra manera, sus propias vidas.

Porque la heroicidad, la verdadera heroicidad, consiste en vivir de manera discreta, haciendo bien lo que tengas que hacer, ayudando sin darle importancia y sin grandes pretensiones, viviendo una vida coherente y rutinaria. Ojalá una vida así.
El autor de la novela lo escribió en nynorsk, que es un idioma variante del noruego basado en el nórdico antiguo y los diferentes dialectos actuales. Y ya sabemos que cada lenguaje tiene su propia cosmovisión. Y a mí esto me reconcilia con la vida, con una vida más allá del lenguaje globalizador que es el capitalismo puro y duro. ¡Viva (esta) vida!
Os dejo con el cuarteto noruego Engegård Quartet, que es una formación fantástica, con trabajos de música clásica, principalmente Mozart, pero también diferentes compositores nórdicos, así como folclore de la zona.


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