
No habían dado siquiera las ocho de la mañana de ese sábado estival. Me mojé la cara con agua fría, me puse las zapatillas, moví las rodillas de forma circular y bajé a la calle. En los cascos sonaba música islandesa para violines que en un principio se unieron a la serenidad de ese comienzo de día hasta que, acelerando el ritmo, me hicieron empezar a dar los primeros pasos. Los paseantes habían empezado sus paseos mañaneros, alguno volvía de la fiesta y yo corría intentando mantener la respiración. Solo tenía que correr diez minutos para probar las rodillas y me dije que eso era fácil. No contaba con que las rodillas no eran quienes más me iban a recordar que estaban ahí. Conforme me acercaba a esa añorada y reivindicada plaza de la Libertad iba perdiendo respiración. Mis pulmones no están acostumbrados a correr, pensé, y efectivamente a cada zancada se quejaban como ahogándose. Y llegué al parque Serapio Esparza literalmente resoplando, con las primeras gotas de sudor cayendo por mi frente. Y entonces, mientras los violines habían llegado al clímax de esa danza de las nieves, el sol recien salido me saludó de frente acariciándome en la cara y deslumbrándome la vista. Y sonreí por ese comienzo de día, por estar ahí, por sentir mi cuerpo quejarse, por notar el ahogo en los pulmones y por el esfuerzo que estaba haciendo. No pasaron ni diez minutos y ya estaba en casa. Las rodillas mejor de lo que esperaba. Mis pulmones necesitan un buen entrenamiento. Y yo sonriendo por haberme sacudido la pereza para poder saludar al astro rey mientras corría solo por un parque.



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