
Hace veintiún años, el cerezo que como un centinela guarda vuestro descanso, estaba en flor. Aquel año las flores se adelantaron y al mediodía de aquel nueve de marzo, mientras te acompañamos en ese último viaje, la lápida abierta recibía los pétalos de esas flores, mientras los rayos del sol suave del final del invierno se esforzaban en acariciar la tristeza que nos acompañaba a todos. Junto a las flores del árbol, caían sin consuelo nuestras lágrimas que se fueron repitiendo año tras año. Y el tiempo fue convirtiendo aquella pena en nostalgia y melancolía. La vida continuó y seguimos adelante, con alegrías y nuevas tristezas, pero con la certeza de que el cerezo seguía floreciendo todos los años. Y ese florecimiento nos ofreció la seguridad de que hay que seguir adelante, porque esta vida impermanente, está hecha para vivirla. Este año, ama, seguiremos floreciendo, como el cerezo que sigue a los pies de tu descanso, y en verano, cuando los cerezos den sus frutos, tu primer nieto abrirá los ojos. Y caeremos en la cuenta de que hemos tenido la suerte de ver, año tras año, florecer el cerezo, como florece la vida y florecerá cuando ya no estemos. Esa es nuestra alegría. Muxu bat.



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